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6 Octubre 2007

OCIO CREATIVO

El ocio creativo es, a mi parecer, una de las grandes virtudes humanas. Erróneamente se confunde ocio con flojera, con vana ociosidad. Sin embargo, el ocio es la facultad creadora que emerge del silencio, del esfuerzo arduo por conocerse. Es el aparente “no hacer nada”, cuando en realidad es internarse en lo recóndito del ser. No es un descanso, aunque a veces, para iniciar el ascenso al yo, se necesita descansar. Es el ocio un generoso espacio, que ante los equivocados juicios humanos se juzga como perder el tiempo. El ocio es detenerse, recogerse, cerrar los ojos para ver mejor. Abrirlos para contemplar el mensaje de la belleza estética de la naturaleza o de una pintura. El ocio es la lenta / actividad contemplativa. Es buscar el temple de las pasiones, para conquistar la exacta intensidad y fuerza que necesitan todas nuestras acciones El ocio es caer en la cuenta de que para avanzar hay que dar unos pasos hacia atrás, para tomar vuelo, como lo hace el atleta antes de tirar la bola de acero.

No se trata de una evasión, sino de sumergirse en lo profundo del ser. Es bajar o subir –el verbo hay que elegirlo según circunstancias– para llegar a la cima o a la sima, de la intimidad personal. Necesitamos del ocio, es decir, tener tiempo para ver si estamos trabajando bien o si lo podemos hacer mejor. Es hacer un alto y al mismo tiempo no detenerse en el avance del conocimiento propio. El ocio no es holganza, ni tampoco la criticada vacuidad del Dolce far niente.

Tampoco se trata en el ocio creador de no tener trabajo, no hacer negocios. Ocio es retirarse consigo mismo, valorarse, impulsarse para hacer mejor las actividades del trabajo rutinario. El ocio intelectual y afectivo, es sobrenadar en la interioridad para renovarla y enriquecerla. Es lo que hace el viajero o paseante, asegurarse si trae lo necesario para el camino: pasaporte, dinero, itinerario de ruta. San Ignacio de Loyola lo resumió con la máxima compacta y evocadora: ¿A dónde voy y a qué?

El desocupado y ocioso está tan atareado en su “trabajo” de no hacer nada, que no tiene la creatividad de pensar si está bien o mal. Está ajeno a la responsabilidad de producir algo en su vida. Sólo entra sanamente en el ocio creativo, quien puede tomar distancia y bajar la velocidad del vértigo de sus acciones, que le mantienen fuera de sí mismo. Cicerón habló de un ocio con dignidad, de todo aquel “que escucha el silencio”, de los que han terminado un trabajo productivo y con beneficio para los demás, y ahora se dedican al descanso con la música y las letras. Ciertamente existe la dignidad del trabajo, pero también necesitamos de la excelsa dignidad del descanso. Hay un famoso dintel gótico que une dos estatuas, una la de un joven tocando el laúd, el otro con un libro en la mano. Reflejan otra imagen descriptiva de lo que es el ocio, un trabajo intelectual y afectivo reposado, ausente de estridencias veloces y extenuantes.

A. C. Grayling, escribiendo sobre la filosofía para la vida cotidiana, en su buen libro El Sentido de las Cosas, escribe: “Ocio se deriva del término francés antiguo leisir, que quiere decir está permitido, que a su vez brota del latin licere, de donde deriva licencia”. El ocio creativo es un verdadero negocio no lucrativo, sino para incrementar la riqueza interior de la persona. A veces no se trata de descubrimientos nuevos, sino de esclarecimientos sobre valores antiguos, olvidados o relegados. El ocio es algo más profundo que el sólo hecho de estar sin trabajo. Es también la oportunidad de escudriñar en las reflexiones individuales y anotarlas como ayuda a la memoria. El que escribe piensa dos veces. Decía Unamuno: “Sólo pienso con un lápiz en la mano”. Y Mircea Eliade, abundando sobre esta acción del “lápiz en la mano” que tenía como costumbre Unamuno, escribe: “Este lápiz que necesitaba para pensar tiene, sin embargo, una significación profunda. Es una preparación para la meditación, para la ascesis. La purificación previa, las posiciones hieráticas del cuerpo. Uno toma el lápiz entre los dedos, como otros cierran sus ojos o ritman su respiración o se tapan los oídos o se toman la frente entre las manos”.

El ocio creativo, aunque no se tenga el lápiz en la mano, “es un gesto que indica el pasaje de la frivolidad y del azar a la meditación y a la responsabilidad”.


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